#9. Haz una historia en la que la antagonista sea una mantis religiosa

La reunión estaba convocada para el primer rayo de sol. Nadie iba a llegar puntual, pero al menos las hormigas y las abejas obreras llegarían a tiempo para el segundo turno. La presidenta de la rebelión se deslizó por el orificio que había oculto bajo la regadera hasta la madriguera abandonada. Los pobres conejos habían tenido que irse de allí porque los dueños de la granja de al lado habían traído unos perros que eran unos salvajes, y desde entonces, la madriguera se había convertido en la sede de aquellas insurrectas.

Tras los primeros minutos, aquello era un hervidero de insectos, gusanos, e incluso algún pequeño mamífero. Lombriz, la presidenta, se aclaró la voz antes de estirar su cuello sinuoso por encima de los demás.

-¡Bichos de campo y jardín! Un momento de vuestro tiempo, por favor

Los aleteos dejaron de sonar, y sólo los pájaros que permanecían fuera, ajenos al festín que podrían pegarse en aquel boquete, seguían cantando.

-Hace tiempo que la situación se ha vuelto insostenible. Todos conocemos los límites y sabemos que se han cruzado todos. La Iglesia, institución ya deteriorada y a la que la mayoría de los presentes aborrecemos, domina la vida de este campo de manera autoritaria y dictatorial. ¡Y eso tiene que acabar!

Un fuerte estruendo sacudió la reunión, cuando todos los dípteros agitaron sus alas en señal de apoyo.

-¡Los días de Mantis se han de acabar! No podemos seguir dándole un tercio de nuestra recolecta a esa devorahombres sin corazón. ¡Se ha acabado! ¡Todas juntas, arañas, escorpiones, mosquitos, moscas, abejas, hormigas…! ¡Todas como hermanas debemos plantarnos, decir basta! Esta lombriz no reptará más hasta su vicaría. ¡Dios no existe!

Los rugidos de apoyo que habían acompañado a Lombriz durante todo el discurso se apaciguaron cuando pronunció las últimas tres palabras. ¿Ir contra Mantis? Bueno, al final, era un bicho como ellos. “Compos eres y en compos te convertirás”, solía decir al final de las homilías. Pero… ¿Negar la existencia de Dios? Todos habían visto sus pruebas. El Sol que siempre salía tras la noche, la lluvia que les nutría, ¡las migas de pan en el camino! Incluso aquellos materiales que a veces dejaba caer, cada vez más resistentes, para que pudieran hacer sus nidos.

Los bichos se miraban entre ellos. Lombriz empezaba a tomar conciencia de que aún no tenía la confianza de todos, cuando una voz aguda vibró tras ella.

-Qué alegría ver a tantas hermanas reunidas tan temprano. Lombriz, ¿qué es esto? ¿Estáis celebrando un cumpleaños?

Mantis se alzaba imponente, con sus patas juntas en constante rezo, mientras Lombriz se sentía desvanecer. No. No podía dar esa imagen o nunca la respaldarían.

-No. Esta reunión es… Es una reunión. Una reunión de amigas que… Mantis, estas amigas y yo hemos decidido no pagarte más. Cada una rezará en su madriguera o en su nido. Si Dios es tan bueno y tan poderoso, no necesitará de nuestras migajas.

Eso había pillado por sorpresa a Mantis, no podía ser de otra manera. Sin embargo, se inclinó sobre Lombriz.

-¿Un desafío? Muy bien. Pues oídme bien. Si cuando el sol esté en lo más alto no tengo la mitad de vuestra cosecha de ayer, Dios apagará el Sol. Es bueno y poderoso, pero sólo si sois fieles. Os espero en la ermita.

Y echó a volar. El revuelo que se formó entre los asistentes fue atroz. Lombriz intentaba reunir las miradas de nuevo, pero la mayoría habían dejado de prestarle atención. Entonces, la cigarra se subió al montículo y frotó fuerte sus patas para cantar como nunca antes lo había hecho. Todas callaron y la miraron atentas.

-Hermanas, todas sabemos que es un farol. El Sol no se puede apagar. Permanezcamos juntas, aquí, hasta el mediodía, y veréis como nada sucede.

Una voz anónima entre el público elevó su queja.

-¿Y si tiene razón? ¿Qué va a ser de las flores si el sol se va? ¡Los búhos saldrán a por nosotras a todas horas!

-¡No temáis! Os doy mi palabra que nada sucederá.

Y así permanecieron, discutiendo si era peligroso enfadar al Falso Dios o no cuando, poco después de que el Sol alcanzara su punto álgido, se cubrió y la luz desapareció.

La madriguera enloqueció. Los voladores se chocaban contra la pared, todos los que se arrastraban buscaban inútilmente un agujero para salir. Las hormigas formaban una torre, sin tener claro con qué propósito.

Y la cigarra volvió a cantar. Y a ella se le unieron otras voces, otras alas y otras patas. El ruido ensordecedor llenó aquella noche temprana, mientras Mantis observaba desde fuera, sin dar crédito.

Y de pronto, volvió la luz.

#8. Tus protagonistas estaban en una fiesta de Carnaval y de pronto se han convertido en sus disfraces

La verdad es que creo que este año no he sido muy original, pero al menos la idea les ha gustado. El año pasado, cuando dije que ese carnaval 1ºA se tenía que disfrazar de frutas, muchos padres se quejaron. Que si todo el mundo iba a ir de fresas, que si había rimas muy peligrosas, que si eran disfraces que había que comprar porque no se podían hacer con cosas de casa… Pero este año, ¡superhéroes! Eso es fácil. Ahora que a todos les ha dado por los superhéroes, tener una clase de mini spidermans y mini batmans me parece fácil de conseguir.

De hecho, ningún padre ha respondido a la nota del Classroom quejándose. Sólo hay un par de ellos alabando la idea y una madre que pregunta si Elsa de Frozen se puede considerar una heroína. Pues a ver, si no sale en un tebeo, no es exactamente una heroína. Pero si su hijo viene vestido de Elsa de Frozen cada viernes, cómo le voy a decir ahora que se vista de otra cosa.

Así que aquí estamos. Viernes, último día de clase de la semana, el cole entero decorado con serpentinas, confetis, y muchos antifaces de colorines. Los de 4º están vestidos de ABBA y están graciosísimos, con sus pantalones campana brillantes. Los de 6º, que no se iban a disfrazar, al final vienen con el uniforme de la serie de adolescentes que tanto les gusta. Y por fin llego a mi aula, con mis pequeños mini súper héroes y heroínas.

Nada más entrar, saludo fuerte. El año pasado los recogía en fila en la puerta del colegio, pero ya en segundo entran solitos, y qué grandes me parecen cuando entro y los veo sentados esperándome. Bueno, a los tres que están sentados, porque la mayoría está corriendo y jugando por la habitación.

-¡Bueno! A ver qué tenemos aquí. Elsa, preciosa como siempre. Dos spiderman, dos batman, un ironman, un capitán América, tres wonderwoman, una capitana Marvel, dos catwoman, un linterna verde, un flash, un hulk, dos thor, un superman, una viuda negra y… Pablo, ¿vas del Joker?

Pablo sonríe y se acentúa más la risa de payaso que tiene pintada en la cara. A ver, que dije superhéroes. ¿Quién manda a su hijo vestido de villano a una fiesta de superhéroes? En fin, tendrá que valer.

-Bueno… Pues todos nos sentamos, venga. Vamos a empezar la clase. Que os recuerdo que la fiesta es a última hora, ¿eh? Hasta entonces estamos todos en clase normal.

Una manita se eleva al cielo. Martina, pintada de verde y con un puño gigante de Hulk levantado espera que le de permiso para hablar.

-Dime

-Seño, estás muy guapa

Sonrío porque es que es para comérsela. Mis mallas rojas de zumba me han venido muy bien para disfrazarme de Elastigirl.

-Gracias Martina. Venga, vamos a empezar.

Y así transcurren las tres primeras horas, el recreo, y las dos siguientes. Algún jaleo para quitarse los disfraces al ir al baño, alguna perdida de antifaz con sus llantos correspondientes, pero ningún incidente grave. Hasta última hora, la hora de la fiesta.

Estaba tomándome un batido de melocotón en el pasillo con Sebas, el profesor del otro grupo que da clase justo delante de nuestra aula. Ellos se habían vestido de indios y vaqueros, mucho más tradicional (y un poco racista, también). Pero bueno, a Sebas casi no le aguantaba la hebilla del cinturón su barrigón cervecero y estaba graciosísimo. En ese momento, una de mis wonderwoman (Isabel) me tira del pantalón a la vez que levanta los pies en un baile que sólo puede significar una cosa.

-Seño, ¿me guardas el escudo? Es que tengo que ir al baño y Bea – otra de las wonderwoman – me lo va a quitar

-¡Cómo te lo va a quitar Bea, anda ya! Venga, yo te lo guardo mientras vas al baño, corre

Pero al levantar el escudo, casi se me cae. ¡Pesaba una barbaridad! La niña dudó un momento antes de irse pero pensó que lo hacía de broma. Le sonreí, y entonces se marchó intranquila a la velocidad del rayo.

-Sí que tenía ganas… – comenta Sebas, al ver lo rápido que se va.

-Desde luego. Hay que ver los padres, eh. Mira que mandarla con un escudo así de pesado… – comento mirando el arma de juguete en mis manos, cuando se oye un estruendo espantoso.

Sebas y yo salimos corriendo sin saber qué esperar, cuando vemos, sin dar crédito, que en mitad del suelo del pasillo entre nuestras dos aulas, se ha creado una grieta de un par de centímetros de ancho y varios metros de largo. Seguimos con los ojos el origen de la grieta hasta… ¡el martillo de Thor!

-¡Adrián! ¿Estás bien? ¿Qué has hecho?

El niño sujeta el martillo con facilidad y lo levanta, mirándome sorprendido.

-No sé seño, es que se me ha caído el martillo.

Sebas se acerca a él sin poder creerse lo que ve, e intenta quitarle el martillo.

-¡Pero cómo pesa tanto!

Adrián se agarra fuerte a su martillo.

-¡Es mío, no me lo quites!

-Pero es que te vas a hacer daño, Adri. Venga, dáselo a tu seño que te lo guarde.

-¡Que no, que es mío!

Esto empieza a ser muy raro. Mientras Adri forcejea con Sebas por el martillo, me asomo al interior de mi aula. No me lo puedo creer.

Juan y Lucía cuelgan del techo entre risas.-¡Juan! ¡Lucía! Ay Dios mío. ¡Bajad de ahí que os vais a caer! – levanto mis brazos hacia arriba por si alguno de los dos se cae, aunque están pegados al techo por una especie de… ¿tela de araña? De repente, veo como mis brazos siguen alargándose y alargándose hacia ellos, y no puedo evitar dejar escapar un grito.

-¡Ay Seño, qué brazos tan largos tienes! – grita Carlos, que levantando un puño al aire, se eleva hacia sus compañeros, con su capa roja ondeando tras él.

Consigo agarrar con cada brazo a uno de los dos spidermans y los bajo hasta el suelo, cuando me encuentro al mini superman volando el círculos alrededor mía.

-¡Carlos! Estate quieto ahora mismo.

-¡Seeeeño! ¿Dónde está mi escudo? – Isabel me mira como si todo lo del alrededor no fuera una locura completa.

No sé qué está pasando. Tengo a superman volando alrededor mía, a Thor intentando recuperar su martillo, una de mis tres wonderwoman buscando su escudo, Ironman probando eso de volar también, dos spiderman trepando por las paredes del aula, a Flash… A Flash ni siquiera la veo. Un momento.

Recuento mentalmente de nuevo: “Una Elsa, dos spiderman, dos batman, un ironman, un capitán América, tres wonderwoman, una capitana Marvel, dos catwoman, un linterna verde, un flash, un hulk, dos thor, un superman, una viuda negra y…”

Una risa siniestra suena detrás mía.

Pablo, con su pelo verde y su sonrisa enorme, ha atado a los indios y vaqueros de la clase de Sebas. Busca a alguien con la mirada, y finalmente, se detiene en Daniel.

-¡Así que tú eres el caballero oscuro! ¡Ven a salvarlos si te atreves!

Daniel, totalmente embebido por su papel, sale corriendo hacia Pablo, que le espera con las tijeras de punta redonda escondidas en la espalda. Alargo los brazos (y las piernas) deseando ser lo suficientemente rápida para pararlos antes del encontronazo cuando, de pronto, todo se queda congelado.

Javier, subido sobre mi mesa, con su capa de Elsa ondenando al viento, ha helado a todos sus compañeros. A mí el hielo solo me llega a las rodillas, ya que así estirada debo medir casi dos mestros. Lo miro, bocaabierta, cuando él baja despacio las manos y suspira:

-El frío a mí nunca me molestó

#7. ¡Feliz Año Nuevo chino! Esta semana escribe un relato protagonizado por un buey

La primera vez que oí hablar de un cerdo que volaba fue a Rosario, la ganadera que me daba el biberón de pequeño. Se lo decía a su hijo Miguel, que estaba obsesionado con tener una moto. “¡Cuando los cerdos vuelen la tendrás!”.

A los dos meses, Miguel venía a trabajar en moto, y desde entonces, he querido conocer a esos cerdos voladores.

No sólo por ver si tenían alas. Estoy convencido que su rabo funciona como hélice. Quiero saber si yo también podría volar. Cuando aún era un ternero, lo intenté. Salté del precipicio por el que pastábamos. No lo conseguí.

Así fue como me partí el cuerno izquierdo. Espero que esa carencia no afecte a la aerodinámica.

En fin, que en volar sigo pensando a menudo cuando pasto y cuando rumio. Cuando veo a las gallinas saltar me pongo enfermo.

Si yo tuviera un par de alas habría aprendido a volar desde becerrito.

Pero nada. No podría volar hasta que alguien me enseñara. Y en esta granja, parece que nadie vuela. Por eso me he escapado. Y he subido a la montaña, porque si alguien me va a ensañar a volar, supongo que será desde las alturas. Pero hay poca gente por aquí. Y hace frío.

Me gusta el frío. Al principio también me gustaban las migas de plan blancas y blanditas que caían húmedas desde el cielo. Pero ahora tengo las patas mojadas, mucho frío, está oscuro y no viene nadie por más que mujo y mujo.

Tengo mucho sueño. No sé si podrán enseñarme a volar de noche. Pero ahora mismo, necesito echar una cabezadita. Qué frío, y qué sueño…

De repente, una luz muy intensa y un ruido feroz me despiertan.

¡Un coche que vuela! ¡Y con una hélice, como los cerdos! De él descienden dos humanos que ¡también vuelan! Bajan volando por una cuerda, y empiezan a rodearme con ella. Yo me quedo muy quieto. Uno se va, y el otro me habla pero no oigo lo que dice con el ruido de la hélice.

Entonces se va también y yo temo que me dejen aquí solo y mojado así que mujo muy fuerte. El coche volador se eleva y confirmo que me dejan atrás cuando de pronto las cuerdas se tensionan y yo también empiezo a flotar.

Lo conseguí. Vuelo.

#6. Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo.

Éramos muy pequeñas cuando entramos en el búnker. Tanto que, del exterior, lo único que recuerdo es el cielo. A veces tengo pesadillas porque pienso en lo lejos que se ve la bóveda celeste, las nubes y lo demás y me mareo. Pienso que intento tocar el sol pero está lejos, muy lejos. No como las bombillas de nuestro hogar. Las bombillas están cerca, las puedes tocar si te subes en una silla o si eres tan alto como el tío Antoine.

Un búnker de 20 metros cuadrados no se diferencia mucho de nuestro hogar anterior, dice siempre mi madre. Al parecer, antes vivíamos en un sitio parecido solo que estaba alto, muy alto sobre el suelo, y tenía ventanas. Si imagino lo que tiene que ser asomarse en las ventanas también me mareo.

En el búnker no hay ventanas. Sólo hay dos puertas. Una, se cerró hace años y nunca se ha vuelto a abrir. Es la que da al exterior, y es una puerta enorme de metal. Mi madre dice que pesaba muchísimo, que le costó cerrarla y que se alegra de no tener que volver a abrirla. La otra, da a la galería que conecta nuestro búnker con los otros hogares vecinales. Ah, y también tenemos un respiradero. Es una especie de conducto con una rejilla que hace ruido, y por ahí sale aire nuestro y entra aire de arriba pero filtrado para que no sea malo. El ruido es precioso, rítmico y continuo. Una vez se quedó parado y el silencio fue horrible.

Me gusta nuestro búnker sin ventanas, nuestro cielo cercano y nuestro ruido de siempre. Pero a mi hermana no. Pregunta mucho por el exterior, y está obsesionada con los pájaros. Los pájaros son como las ratas pero tienen el pelo rarísimo y pueden flotar por el aire. Mi madre dice que ya no quedan pájaros ahí fuera porque el aire es tóxico y se han muerto todos, pero mi hermana pinta pájaros una y otra vez, y hace pájaros de barro en nuestro horno que luego rompe y reutiliza para hacer más pájaros. No sé qué les ve a esas ratas de boca larga y pelo raro.

Una vez cogí el barro y cocí figuras de ratas pensando que igual no sabía hacerlas y por eso hacía pájaros. Mis ratas no estaban muy bien, pero eran infinitamente más bonitas que sus gaviotas o sus flamencos. Pero ella ni las miró. “¿Qué tiene de interesante una rata? Vemos ratas diariamente. Yo quiero ver pájaros”.

Esta noche se ha quedado hasta tarde haciendo pájaros. Ya hemos apagado nuestras bombillas pero ella sigue haciéndolos. Los hace de memoria y no necesita ni ver para saber dónde tiene que colocar sus dedos, donde tiene que apretar, donde tiene que rasgar. Me quedo dormida con el ruido que hace mientras manosea el barro húmedo.

Al despertar, hay un pájaro pequeñito apoyado en la barandilla de mi litera. Creo que ha hecho otro gorrión, porque son gorditos y con la boca más corta. De verdad que no entiendo cómo lo ha hecho, sobre todo para que sus patitas queden agarradas a la barra metálica de la cama. Acerco mi mano para tocarlo cuando la figura se mueve y da un saltito hacia la izquierda.

Casi me caigo de la cama. ¡Cómo ha hecho eso! Y entonces mueve la cabeza, y parpadea, y su pecho se infla en cada respiración. ¡Es un pájaro de verdad! Da muchísimo miedo, con ese pelaje especial y esa boca puntiaguda y esas mini garras. No sé qué les ve mi hermana. Oh no. Mi hermana no puede verlo. Si lo ve, se lo querrá quedar. O peor, querrá abrir la puerta enorme y salir a buscar más.

Me siento sobre mis rodillas, muy despacio para no asustarlo. Agarro la almohada, la levanto poco a poco, cierro los ojos y ¡golpeo con fuerza el lugar donde el gorrión se había posado! Pero al levantar la almohada, no está aplastado como esperaba.

El gorrión vuela por el techo de la habitación, y se apoya de un mueble a otro. Se posa sobre la pequeña cocina, y picotea la raíz de una patata.

-¡Eh! Esa es nuestra comida

Me tapo la boca. He hablado en voz alta. Me asomo a la litera de abajo, y mi hermana se está desperezando. Salto de la litera y agarro una olla con rapidez. Me acerco de nuevo lentamente al gorrión, y cuando este va a elevar el vuelo, ¡lo atrapo bajo mi olla!

Ahora la olla está bocabajo sobre la mesa, y en su interior hay un gorrión que aletea furioso contra su jaula. Me quedo mirando como la olla se agita a cada golpe sin saber que hacer, y mi hermana y mi madre ya están despiertas detrás de mí.

-¿Has cazado una rata con la olla? – Pregunta mi madre, sorprendida por el curioso movimiento del utensilio

-Eso no parece una rata mamá. No hace ruido de rata. ¿Qué hay ahí dentro?

Las miro ojiplática. Tengo que inventarme algo rápido. Miro a mi alrededor buscando algo que me inspire para mentir, pero mis ojos se detienen en una figura de barro posada en la estantería de mi hermana. El gorrión le salió francamente bien. Era igualito que el animal que había debajo de la olla. Y entonces, esa figura también se movió y yo no pude evitar gritar.

Mi madre y mi hermana se giraron, y al ver al gorrión que volaba desde la estantería hasta la mesa, casi se desmayan.

-¡Es un pájaro! Mamá, mamá, es un pájaro de verdad. Mis figuras han cobrado vida

-No, no puede ser. ¡Eso es imposible!

Y entre los gritos de alegría de mi hermana y los de miedo de mi madre, el ruido preciosísimo de fondo que me acompañaba todos los días, se detuvo. Pero esta vez, no hubo silencio. El piar de los gorriones lo llenó todo, y uno a uno, los pájaros llenaron la habitación.

Mi madre y yo chillábamos sacudiendo los brazos sin saber dónde escondernos. Mi hermana miraba, en el centro de la habitación, con la boca abierta, aquel enjambre de aves que siempre había soñado poder observar.

-¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta y que se vayan! – gritó mi madre, escondida debajo de la mesita de la cocina. Yo me había deslizado bajo la cama, y podía ver a mi madre allí debajo, aterrorizada, los pies de mi hermana inmóviles en el centro del búnker, y las plumas que caían silenciosas y gráciles.

Los pies de mi hermana comenzaron a moverse hacia la puerta. No, esa puerta no. ¡Esa puerta no! Y, a pesar de nuestros gritos, mi hermana abrió la pesada puerta que un día se había cerrado y nunca más se había abierto.

#5. Inventa un cuento basado en alguna de las metamorfosis de Ovidio

En el centro del pueblo había una plaza, y en el centro de la plaza, un gran árbol milenario. Bajo él habían crecido cientos de generaciones, niños y niñas que luego fueron hombres y mujeres y siguieron trayendo niños y niñas bajos sus raíces para que jugaran. Se había convertido, de alguna manera, en símbolo, e incluso aparecía en el escudo del pueblo. Alrededor de él se colgaban guirnaldas en fiestas, y luces en navidades, y bajo él había habido miles de proclamas, reivindicaciones, y declaraciones de amor. Pero cuando Laura se sentó aquella tarde bajo su copa, no pensaba en eso precisamente, sino en todo lo contrario.

Pol, un chico de su instituto, amigo de su hermano, se le había declarado. Ella lo había rechazado lo más amablemente que sabía. Pero para él no había sido bastante. Le escribía mensajes a todas horas, la esperaba a la salida para acompañarla a casa, y le proponía quedar incansable. “El que la sigue la consigue”, le había llegado a decir en alguno de esos paseos.

Ella se lo había contado a su hermano, que le había quitado importancia. Qué le hacemos, si está enamorado. Se le pasará. ¿No ha intentado propasarse, no? No, claro que no. Ni siquiera le había tocado. Pero era muy pesado, y empezaba a ser molesto. Le preguntaba por los chicos con los que hablaba, por los compañeros de clase, o por los del equipo de fútbol. To – dos – los – dí – as .

Así que ese día se había quedado remolona en clase hasta que, esperaba, él se hubiera cansado y se hubiera marchado. Y funcionó. Y había tomado otro camino para casa, uno más largo, que pasaba por la plaza del pueblo. Se le ocurrió que tal vez él la estaba esperando en su casa, porque vivía cerca. Así que decidió demorar más su encuentro, y se sentó bajo el árbol del centro.

-Pues si está enamorado, ¿qué le hacemos? – recordó las palabras de su hermano, parecidas también a las de su amiga Alicia. – Pues no le hacemos nada, supongo. Pero yo no estoy enamorada. Antes, me daba igual. Pero ahora empiezo a detestarlo. No me gustan de él ni la risita nerviosa, ni el olor a ajo, ni el gesto con el que se limpia las comisuras de los labios, ni el pitido de su móvil por cada mensaje entrante. No me gusta nada de él.

De repente, las ramas del árbol se estremecieron, y un montón de hojas cayeron a su lado. Laura miró la pila que se había formado, y las ramas peladas de las que habían caído, cuando desde dentro de la hojarasca, una mano de dedos finos y largos comenzó a sacudir hojas.

No pudo evitar sobresaltarse. La joven sentada a su lado había aparecido de la nada. Tenía la piel muy oscura, los ojos verde oliva y vestía una especie de túnica atada a los hombros. No la había visto nunca en el pueblo, pero cuando la desconocida terminó de apartarse las hojas- algunas quedaron enredadas en sus cabellos-, la miró directamente a los ojos.

-Laura, ¿verdad? Como tu abuela

-Ah… Sí, como la madre de mi madre

-Claro, la madre de tu padre es Antoñita. ¿Cómo sigue, por cierto? Hace mucho que no la veo

-Ah pues… Es que se cayó y no puede salir de casa. Le puedo dar recuerdos, si quiere, de su parte

La joven río ante su ocurrencia.

-¿Recuerdos de un árbol? Eso sí que sería gracioso

Laura abrió mucho los ojos, sin saber qué decir

-¿Un… árbol?

-Sí, un laurel. Bueno, no. Yo no era un árbol, yo era una ninfa. Pero de eso hace mucho ya. Laura, yo te he visto crecer, igual que a tu madre, y a tu abuela, y a todos tus antepasados desde que aquel hombre robusto comprara el terreno de al lado de la iglesia. – la joven no salía de su asombro. Su familia llevaba allí toda la vida, ella no sabía cómo habían llegado hasta allí, pero sí que era suyo el terreno que colindaba con la antigua iglesia.- Y pequeña, te he escuchado hoy. A mí también me pasó, ¿sabes? Él estaba enamorado, y yo, yo le despreciaba. ¿Sabes qué hice? Me convertí en árbol. Me quedé quieta. No sería suya, ni de nadie. Ni siquiera mía.

Dafne tomó entre sus manos las de Laura mientras sonreía con la mirada bañada en melancolía.

-No seas como yo. No te paralices, no eches raíces, no cedas. Aprende a decir no. Pero no de verdad. Sin miedo, sin educación si es necesario. Porque Apolo siguió correteando ninfas, y yo me quedé presa del miedo para la eternidad. Y tú, mi niña, tú vales mucho más que eso. Vete a casa, no te escondas más. Yo no puedo acompañarte, pero no estás sola. Mi corazón de madera va contigo, y también irá contigo el de tu madre, y el de tu abuela Laura, y el de Antoñita, y los de todas las que aprendieron antes que tú que decir que no te hace más libre que callar.

Laura no sabía en qué momento había empezado a llorar, pero se secó las lágrimas y se puso en pie. Dafne volvió despacio al tronco, levantó los brazos al cielo y acopló los pies en la tierra, y poco a poco, su cuerpo se fundió con el árbol que siempre había estado en el centro de esa plaza, en el centro de aquel pueblo.

En la puerta de su casa, Pol se hacía el despistado mirando el móvil, aunque ella sabía que la había visto desde la otra punta de la calle. Respiró hondo, caminó con seguridad y se dijo para sí misma: No.

#4. Escribe un relato de amor entre dos especies fantásticas

Helena no recordaba su origen. Ni sabía si había tenido familia, ni dónde o cuándo nació. Cuando intentaba echar la vista atrás, se mareaba y podía llegar a quedar inconsciente. Lo único que tenía era el absoluto conocimiento de ser la única de su especie. Y por eso nunca se lo había contado a nadie. Era mejor que todos creyeran que aquella hermosa griega era solo una mujer demasiado independiente, antes que saber que se trataba de una vampiresa.

Sí que recordaba que hubo un tiempo en que era poco más que un parásito, que se alimentaba de aquel que se cruzara en su camino, y que muchas veces estuvo a punto de ser atrapada. Cambió de ciudad muchas veces, hasta que un día, sin buscarlo, comió de la persona correcta. Un viajero que acababa de vender gemas preciosas a la alta cuna de la ciudad, y que llevaba una cantidad ingente de oro. Y así empezó su fortuna. Eligiendo bien a sus víctimas, acabó siendo una más de la clase alta, a pesar de que nadie podía decir exactamente de dónde venía, quién era su familia o cuánto tiempo llevaba allí.

Se había convertido, no sólo en alguien importante, sino en influyente. Y deseada. Muchos pretendientes, todos buenos partidos. Pero ella no estaba interesada en casarse. Eso implicaría dejar de hacer sus rondas nocturnas, dar explicaciones de por qué nunca compraba comida, cómo era que no envejecía y otras muchas cuestiones que no estaba dispuesta a responder.

El hecho de ser aparentemente inalcanzable la había hecho, al parecer, irresistible. Poemas y regalos le llegaban diariamente, de admiradores unas veces declarados y otras tantas anónimo. Pero ella no respondía nunca.

El tiempo que no dedicaba a su vida social, lo hacía a cultivar su alma. Leía mucho, viajaba, y tenía interés por aprender distintas lenguas. Ser inmortal debería reportarle muchos beneficios, sino, ¿cuál era el punto? Y leyendo y viajando fue como supo que, aunque no había testimonios de otro ser como ella que se alimentara de sangre y disfrutara infinitamente más de la noche que del día, había ciertas criaturas que no eran lo que parecían ser.

Licántropos, hombres y mujeres malditos mitad humano mitad lobo. Aquello era francamente desagradable. Se imaginaba hombres hirsutos orinando a tres patas, mujeres con cinco pares de senos… La idea misma le resultaba asquerosa. Pero abría un nuevo abanico de posibilidades: quizá existían otros mestizos que no fueran tan… animales.

Así que aquí estaba, en la costa de un pueblo germánico donde había oído hablar que existía una mujer – pez. Ni sabía si era real, ni sabía cómo podía encontrarla. “Supongo que no será tan fácil como lanzar una caña de pescar”, pensaba mientras oteaba el mar desde la orilla, “pero algo habrá que hacer”.

Durante el día, intentó hablar con los pocos pescadores que no la miraban mal para obtener la información que le faltaba, y finalmente, uno de ellos le dio lo que parecía la clave para encontrarla: entre los acantilados, las noches sin luna, la bestia cantaba para atraer a los barcos despistados y hacerlos naufragar, ya que se alimentaba exclusivamente de carne humana.

Así que una noche sin luna, la vampiresa se escondió entre las rocas de aquel acantilado cuyo nombre le resutlaba casi imposible de pronunciar, y esperó. Y esperó. La paciencia es una de las mayores virtudes de aquellos inmortales, pero Helena estaba apunto de desesperar cuando al fin, escuchó su canto.

Era el sonido más bello que nunca había oído. Cerró los ojos, y sintió que dentro de ella algo temblaba. Siguió el sonido a tientas, hasta encontrar su origen. La cola húmeda reposaba de lado, con las escamas del color de aquellas aguas indómitas reflejando la escasa luz de las estrellas. En el torso, se fundían suavemente con piel humana, y ocultaban las branquias que tomaban aire incansablemente mientras sus labios finos lo expulsaban en forma de canción. Los ojos eran absolutamente negros, sin pupila ni iris que se reconociera, y su cabello eran algas enredadas en lapas y corales.

No había visto un ser así nunca.

La sirena se giró hacia ella sobresaltada, y se tomó su tiempo para analizar su físico. A pesar del frío, Helena sólo llevaba un vestido de lino blanco, y llevaba los pies descalzos. Su cabello, rojo oscuro, se alborotaba por el viento y golpeaba su rostro porcelánico. Entre sus labios levemente abiertos, brillaron sus colmillos casi el doble del tamaño normal.

La sirena se apresuró a volver al agua cuando Helena le suplicó que no lo hiciera.

-¡No! Por favor. No vengo a hacerte daño

No la entendió, no conocía aquella lengua, pero se detuvo aún así. Helena se le acercó, y elevó su mano hacia su rostro. La sirena no se apartó cuando le acarició la mejilla que nunca antes nadie había rozado.

-Eres lo más bonito que he visto nunca. No pienso dejarte marchar.

Las dos se miraron a los ojos, sabedoras que no hay idioma más conocido que el de las miradas.

-Mi nombre es Helena, – dijo llevándose una mano al pecho. Luego, tocando el de la sirena, preguntó – ¿el tuyo?

-… Ligeia – contestó.

Ligeia tampoco recordaba nada de su infancia o su nacimiento. Había vagado sola por los siete mares hasta encontrar en aquel pueblo su hogar. Nunca había conocido familia, y nunca había deseado compañía. Pero después de que Helena tocara su rostro, supo que nunca más podría apartarse de aquella gélida mano.

#3. ¡Sueña! Inventa una historia corta de fantasía onírica

Sentada, linterna en mano y sábana sobre la cabeza se disponía, por tercera vez en la semana, a mantenerse despierta toda la noche. Esta vez lo conseguiría, y cuando el búho se posara en su ventana, ella saltaría sobre él y lo atraparía. Podría llevarlo a clase de Ciencias Naturales y ganaría el premio a “mejor mascota de 3º”. Era la única manera de que dejaran de reírse de ella, después de haber vacilado el primer día de que un búho la acompañaba todas las noches.

¿Cómo se le había ocurrido aquella barbaridad? Bueno, estaba segura de que cuando se mudaron a la nueva casa, estaba habitada por un búho, pues lo escuchaba ulular por las noches, y había encontrado huellas que, comparadas con otras que vio en internet, sólo podían pertenecer a un búho.

Pero claro, verlo no lo había visto nunca. Desde hacía tres noches, intentaba quedarse despierta, dejaba la ventana abierta, y preparaba un cebo extraordinario de frutas y semillas para atraerlo.

Lo peor era que, al despertar, el búho se había comido casi todo el postre. Sus padres insistían en que sería cualquier otro animal, pero ese día, cuando se despertó (y tras maldecir haberse quedado dormida por segundo día consecutivo), corrió al plato y no sólo estaba a medio comer, sino que había caído una pluma. ¡Una pluma! Una pluma de búho real, seguro.

Por supuesto que la había llevado a clase, para acallar los rumores que decían -con razón-, que se lo había inventado todo. Pero claro, ahora ya querían ver al animal.

Se le había ocurrido llevar una foto de ella con el búho, pero su hermana se negó a hacerle el montaje.

– Tú te has metido ahí, y tú averiguas cómo salir, Paloma.

– Vale, no me ayudes. Pero deja de llamarme así.

Paloma. ¿Habrá animal más feo, sucio, pestilente y molesto? Pues así le habían puesto sus padres. Paloma. Por supuesto, se lo cambiaría en cuanto cumpliera los dieciocho. Ya sólo le faltaban 10 años.

Había barajado nombres, claro. Gaviota, golondrina… No le habían convencido. Por ahora, su favorito era Lechuza. Imaginaba una blanca, como la de Harry Potter. Había pedido a sus amigas que la llamaran Uza, y le gustaba el modo en que al decirlo, sus labios se cerraban como si fueran a ulular.

Pero su hermana seguía llamándola Paloma. De hecho, ahora le había dado por llamarla “Oma”, a modo de burla por su ocurrencia. Pero vamos, qué sabría ella. Sus padres le habían dado un nombre súper vulgar. Rosa. En serio eh. Rosa. No Azucena, ni Azahar, ni… yo que sé, Clavelina. Rosa. Puaj.

Un aleteo en la ventana la alertó. Apagó la linterna, para que el animal no se asustara y entrara en la habitación a por su ración de frutas. Lechuza se levantó la sábana de la cabeza para ver al animal que había entrado, pero en la nueva oscuridad, nada podía vislumbrar. A tientas, caminó hacia la ventana para cerrarla. Estaba segura que el búho estaría ya sobre le plato comiendo, y no podía dejar que se escapara.

Cerró la ventana despacio para no hacer ruido, pero no pudo evitar suspirar de alivio cuando la manilla encajó sin emitir sonido.

– Lechuza, ¿eres tú?

Se giró sobresaltada, buscando la silueta de alguien en la oscuridad. La voz no le había sonado familiar, y al recorrer la habitación con la vista, algo llamó su atención. Sobre el plato de frutas, la silueta de un búho parecía sobresalir. Encendió la linterna apuntando directamente hacia allí. El búho graznó y agitó las alas.

-¡Estás loca! Apaga esa luz, por las plumas del Dodo.

-¡Perdón, perdón! – Lechuza apuntó hacia el suelo, pero no la apagó y siguió mirando al ave sin creerse lo que veía – ¿Hablas?

-¿Que si hablo? ¿Pues no eres tú una lechuza, y estás hablando? ¿Por qué has cerrado la ventana, cómo vamos a salir ahora, uh?

-Eh… Bueno es que verás… Quería que tú… Necesito llevarte al colegio

– Pero vamos a ver Lechuza, ¿cómo vamos a ir al colegio? ¡Somos aves nocturnas! – y tras decir eso, giró la cabeza 180º y la agachó para seguir picoteando la fruta – ¿Has probado la sandía? Está de muerte. Toma, pica esto

“¿Que pique…?” y Lechuza se llevó las manos a la boca, solo que, de pronto, sus manos estaban recubiertas de plumas, y su boca, era ahora un pico. Intentó gritar, pero sólo pudo graznar.

-¡Soy una lechuza!

-Pues claro que eres una lechuza. ¿No vas a querer sandía? Tú misma uh, pero está buenísima.

-No yo… Yo no soy… Yo soy Paloma, soy una niña

El búho la miró con los ojos totalmente abiertos.

-Eres una lechuza, una paloma y una niña a la vez. ¿Y qué más? ¿Una gaviota? – su risa sonó alto, como una suerte de graznido profundo – Bueno, yo tengo que salir a ver si hay algún ratón despistado antes de que amanezca. Anda, abre la ventana

Lechuza miró la ventana y sus alas, sin saber cómo iba a hacerlo. Trató de elevarse y antes de darse cuenta, voleteaba al lado de la manilla.

-¡Estoy volando!

Búho se llevó el ala al rostro. “Debe haberme tocado la lechuza más tonta del bosque”, pensó. Voló hasta la ventana, y empujó con su cabeza hasta abrir la manilla.

-Venga, ¡vamos!

Y antes de que pudiera pensárselo, ambas aves volaban sobre la noche de la ciudad.

“Soy una lechuza, una de verdad…”

Debajo de ellos, el parque, el centro de salud con sus luces permanentemente encendidas, el gimnasio y el colegio.

“¡El colegio! Supongo que ya no tendré que pensar más en las mascota de ciencias. Ahora sólo tengo que controlar estas alas. Y cazar ratones. Puaj, ratones”.

-Oye, yo pensaba que los búhos comían fruta y semillas

-Claro, y ratones, ratas, conejos…

-¿Conejos? Pero ¡pobrecitos! Con lo suavitos que son…

-Uh-uh, sí que son suavitos. Y culebras, si eres rápido, claro.

-¿¿Culebras?? ¡No pienso comer culebras! ¡Ni conejos, ni mucho menos ratas! Ya no quiero ser una lechuza, quiero ser Paloma otra vez.

-¿Cómo…? Oye, ¿qué… qué te está pasando en las alas?

Paloma se miró las alas, que de pronto se hacían cada vez más y más pequeñas.

-Oh no, Búho, creo que…

De pronto su voz cambió. Ya no era más Lechuza, ahora era Paloma. Y las palomas no vuelan tan alto. Comenzó a caer, a pesar de que movía rápidamente las alas, no eran capaces de soportar su cuerpo aún de lechuza, y el suelo estaba cada vez más cerca.

-¡No no no no! ¡Quiero volver a casa, quiero volver a casa! ¡Búho, ayúdame!

Mientras caía, su cuerpo se giró mirando al cielo, y vio al búho que volaba rápido hacia ella, con las garras por delante para intentar sujetarla. Extendió las alas hacia él, pero ya no eran alas, sino que dos manos rosadas e implumes sujetaron el cuerpo del ave justo antes de caer.

Cuando abrió los ojos, la linterna seguía encendida, la ventana abierta, y la fruta a medio comer.

-¡Oma, vas a llegar tarde!

Se sentó rápidamente, sobresaltada, y se palpó el cuerpo. Ni un rasguño. ¿Se había quedado dormida? Imposible, había sido demasiado real. Se puso en pie y observó en el suelo de la habitación, una pluma marrón de búho real… y otra blanca, de lechuza.

#2. Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas

La Reina Úrsula llegó sujetándose el vestido con ambas manos, intentando no resbalar por las prisas. La humedad que desprendía su piel la acompañaba en un incesante chapoteo mientras se colocaba al lado de sus homólogas.

Maléfica giró la cabeza y le dedicó una sonrisa que esperaba ser anfitriona pero que resultó en una especie de regañina benevolente.

– ¿Llego tarde?

– Apenas. Ahí lo tenemos

Un bebé sonrosado, aún llorando por el esfuerzo del nacimiento, se agitaba en los brazos de su madre, que lo había traído al mundo sola bajo un puente.

Cruella arrugó la nariz ante aquella imagen.

-Vamos, no podía tener peor piel. Ni una cartera saldría de ese… bicho.

-Un respeto, Ella. Es nuestro profeta. Puede que no haya nacido rey, pero lo será. ¿Habéis traído los presentes?

-Sí… Pero… Reina Maléfica. Y si… ¿Y si no es él? – el nerviosismo de la Reina Cruella era evidente. Miraba con desdén al bebé que buscaba con desespero el pezón de su madre, la cual, primeriza, trataba de acomodarlo aún exhausta por el parto.

-No erramos, hermanas. La estrella de Occidente nos ha guiado hasta aquí. La profecía se ha cumplido. Un príncipe que vencerá el Bien de una vez por todas, y liberará el caos para que reine por todo el planeta – Maléfica no podía evitar emocionarse al repetir la profecía que tantas veces había recitado en su castillo.

Todo iba según lo planeado. Las tres Reinas Brujas, cielo, mar y tierra, traían sus presentes al mesías que les traería la redención y supondría la victoria de las fuerzas oscuras.

Úrsula tragó saliva con fuerza, y dejó caer los bajos de su vestido. De entre las capas que lo componían, sacó una bolsita pequeña, y mirando a las demás gobernantes, asintió:

-Es nuestro elegido. Y debemos llevarle los presentes.

Maléfica y Cruella asintieron, y las tres caminaron sobre el río seco que cruzaba el puente. La madre de la criatura dirigió una mirada sorprendida a las tres invitadas inesperadas.

-¿Quiénes sois?

Recorría con la mirada las vestimentas de cada una. Las pieles estampadas, los largos cuernos, la piel húmeda. ¿Quiénes eran aquellas mujeres que se acercaban a ella mientras alumbraba a su bebé? ¿Qué hacían ahí?

Las reinas se postraron ante el bebé para adorarlo, y abriendo sus manos, le ofrecieron regalos.

-Del Reino de los Mares, para que siempre halles el modo de condenar lo injusto y resuelvas aquello que te paralice, te traigo el canto de las sirenas.

Entre las manos de Úrsula, de una pequeña caracola, una voz melodiosa salió y entró por la boca aún sollozante del bebé, cuya voz al momento se volvió fuerte.

-Del Reino de la Tierra, para que tu piel se vuelva dura como el acero ante los golpes y suave como las rosas ante el afecto, te traigo la capa de la naturaleza.

Y Cruella colocó sobre el bebé una seda finísima, a la cual el recién nacido se agarró con fuerza.

-Del Reino de los Cielos, para que alces siempre tus ojos, tus palabras, tu barbilla y tus pies, te traigo el aire de los cuatro vientos.

Inclinándose sobre la madre, Maléfica sopló la cara de la criatura, que parpadeó ante el estímulo y calmó su llanto. Después, la Reina de los Cielos miró a la madre y le sonrió.

-Bienaventurada seas, pues has parido al profeta que esperábamos. El mesías que trae consigo el fin de todo equilibrio, y que llenará el mundo de pasiones y caos.

-Mi… ¿Mi hija?

Maléfica clavó los ojos en los de la mujer, como intentando desenredar las palabras que se le habían atascado. Giró rápidamente la vista hacia sus hermanas, que igual de sorprendidas que ella, se miraban la una a la otra. De repente, las tres se calmaron, como si hubieran acordado un consenso sin hablar, y miraron al bebé.

-Por supuesto que es una niña. Y será Reina de todos los seres, de todos los elementos.

-Sólo es una niña. ¡Si acaba de nacer! ¿Qué va a hacer ella con todo ese poder?

Las tres brujas intercambiaron una mirada de nuevo. La Reinas de los Mares, sacó de entre las numerosas capas de su vestido una caja, y dándosela a Maléfica, respondió:

-Puede que tenga razón. Pero crecerá, y la estaremos esperando.

-Hasta entonces… – Murmuró Cruella, colocándose al lado de la niña, y guardando dentro de la caja la seda. Igualmente, guardó Úrsula la caracola.

-Hasta entonces, te estaremos esperando… -y Maléfica besó al frente del bebé, y sopló de nuevo la esencia en la cajita, que cerró con premura- …Pandora.

#1. Inventa un cuento que suceda en las estrellas

Como cada tarde, escaló la duna más alta y se sentó a observar como el pequeño planeta azul giraba sobre sí mismo en su baile eterno con la luna.

De todos los cuerpos celestes, aquella pareja era su favorita, y por eso había tomado la férrea determinación de seguirlos en su rotación anual alrededor de la estrella en que habitaba. Sólo en dos ocasiones, sendas erupciones volcánicas le habían impedido disfrutar del espectáculo.

Detenida como estaba e inmersa en sus pensamientos, observó como un trozo del planeta azul salía disparado de su atmósfera, no hacia la luna como ya había sucedido alguna otra vez, sino hacia el planeta rojo, el más próximo a su órbita.

Aquello era sin duda una señal. La princesita se levantó, dejó atrás la rosa que solía proteger y siguiendo los pasos de su hermano, se lanzó a conocer a los habitantes de la tierra.

De cómo llegué hasta aquí

Mi profesor de Lengua Castellana y Literatura, en segundo de bachillerato, nos tuvo media clase tratando de reflexionar el origen de la palabra “texto”. Finalmente, nos desveló la auténtica raíz: tejer.

Muchos años después, utilizo dos herramientas para tejer: la aguja de crochet que encontré en una bolsa olvidada, y la pluma que él y otros tantos profesores me fueron enseñando a manejar.

Este blog es a partir de hoy testigo del origen (y tal vez, del final) de mi participación en el reto de escribir 52 relatos en el año 2021 que ha lanzado Literup.

Espero no se conviertan en testigos del estrepitoso fracaso sino de un apacible éxito que demuestre que para crear un nuevo hábito, no hacen falta 21 días sino 52 semanas.

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