#4. Escribe un relato de amor entre dos especies fantásticas

Helena no recordaba su origen. Ni sabía si había tenido familia, ni dónde o cuándo nació. Cuando intentaba echar la vista atrás, se mareaba y podía llegar a quedar inconsciente. Lo único que tenía era el absoluto conocimiento de ser la única de su especie. Y por eso nunca se lo había contado a nadie. Era mejor que todos creyeran que aquella hermosa griega era solo una mujer demasiado independiente, antes que saber que se trataba de una vampiresa.

Sí que recordaba que hubo un tiempo en que era poco más que un parásito, que se alimentaba de aquel que se cruzara en su camino, y que muchas veces estuvo a punto de ser atrapada. Cambió de ciudad muchas veces, hasta que un día, sin buscarlo, comió de la persona correcta. Un viajero que acababa de vender gemas preciosas a la alta cuna de la ciudad, y que llevaba una cantidad ingente de oro. Y así empezó su fortuna. Eligiendo bien a sus víctimas, acabó siendo una más de la clase alta, a pesar de que nadie podía decir exactamente de dónde venía, quién era su familia o cuánto tiempo llevaba allí.

Se había convertido, no sólo en alguien importante, sino en influyente. Y deseada. Muchos pretendientes, todos buenos partidos. Pero ella no estaba interesada en casarse. Eso implicaría dejar de hacer sus rondas nocturnas, dar explicaciones de por qué nunca compraba comida, cómo era que no envejecía y otras muchas cuestiones que no estaba dispuesta a responder.

El hecho de ser aparentemente inalcanzable la había hecho, al parecer, irresistible. Poemas y regalos le llegaban diariamente, de admiradores unas veces declarados y otras tantas anónimo. Pero ella no respondía nunca.

El tiempo que no dedicaba a su vida social, lo hacía a cultivar su alma. Leía mucho, viajaba, y tenía interés por aprender distintas lenguas. Ser inmortal debería reportarle muchos beneficios, sino, ¿cuál era el punto? Y leyendo y viajando fue como supo que, aunque no había testimonios de otro ser como ella que se alimentara de sangre y disfrutara infinitamente más de la noche que del día, había ciertas criaturas que no eran lo que parecían ser.

Licántropos, hombres y mujeres malditos mitad humano mitad lobo. Aquello era francamente desagradable. Se imaginaba hombres hirsutos orinando a tres patas, mujeres con cinco pares de senos… La idea misma le resultaba asquerosa. Pero abría un nuevo abanico de posibilidades: quizá existían otros mestizos que no fueran tan… animales.

Así que aquí estaba, en la costa de un pueblo germánico donde había oído hablar que existía una mujer – pez. Ni sabía si era real, ni sabía cómo podía encontrarla. “Supongo que no será tan fácil como lanzar una caña de pescar”, pensaba mientras oteaba el mar desde la orilla, “pero algo habrá que hacer”.

Durante el día, intentó hablar con los pocos pescadores que no la miraban mal para obtener la información que le faltaba, y finalmente, uno de ellos le dio lo que parecía la clave para encontrarla: entre los acantilados, las noches sin luna, la bestia cantaba para atraer a los barcos despistados y hacerlos naufragar, ya que se alimentaba exclusivamente de carne humana.

Así que una noche sin luna, la vampiresa se escondió entre las rocas de aquel acantilado cuyo nombre le resutlaba casi imposible de pronunciar, y esperó. Y esperó. La paciencia es una de las mayores virtudes de aquellos inmortales, pero Helena estaba apunto de desesperar cuando al fin, escuchó su canto.

Era el sonido más bello que nunca había oído. Cerró los ojos, y sintió que dentro de ella algo temblaba. Siguió el sonido a tientas, hasta encontrar su origen. La cola húmeda reposaba de lado, con las escamas del color de aquellas aguas indómitas reflejando la escasa luz de las estrellas. En el torso, se fundían suavemente con piel humana, y ocultaban las branquias que tomaban aire incansablemente mientras sus labios finos lo expulsaban en forma de canción. Los ojos eran absolutamente negros, sin pupila ni iris que se reconociera, y su cabello eran algas enredadas en lapas y corales.

No había visto un ser así nunca.

La sirena se giró hacia ella sobresaltada, y se tomó su tiempo para analizar su físico. A pesar del frío, Helena sólo llevaba un vestido de lino blanco, y llevaba los pies descalzos. Su cabello, rojo oscuro, se alborotaba por el viento y golpeaba su rostro porcelánico. Entre sus labios levemente abiertos, brillaron sus colmillos casi el doble del tamaño normal.

La sirena se apresuró a volver al agua cuando Helena le suplicó que no lo hiciera.

-¡No! Por favor. No vengo a hacerte daño

No la entendió, no conocía aquella lengua, pero se detuvo aún así. Helena se le acercó, y elevó su mano hacia su rostro. La sirena no se apartó cuando le acarició la mejilla que nunca antes nadie había rozado.

-Eres lo más bonito que he visto nunca. No pienso dejarte marchar.

Las dos se miraron a los ojos, sabedoras que no hay idioma más conocido que el de las miradas.

-Mi nombre es Helena, – dijo llevándose una mano al pecho. Luego, tocando el de la sirena, preguntó – ¿el tuyo?

-… Ligeia – contestó.

Ligeia tampoco recordaba nada de su infancia o su nacimiento. Había vagado sola por los siete mares hasta encontrar en aquel pueblo su hogar. Nunca había conocido familia, y nunca había deseado compañía. Pero después de que Helena tocara su rostro, supo que nunca más podría apartarse de aquella gélida mano.

#3. ¡Sueña! Inventa una historia corta de fantasía onírica

Sentada, linterna en mano y sábana sobre la cabeza se disponía, por tercera vez en la semana, a mantenerse despierta toda la noche. Esta vez lo conseguiría, y cuando el búho se posara en su ventana, ella saltaría sobre él y lo atraparía. Podría llevarlo a clase de Ciencias Naturales y ganaría el premio a “mejor mascota de 3º”. Era la única manera de que dejaran de reírse de ella, después de haber vacilado el primer día de que un búho la acompañaba todas las noches.

¿Cómo se le había ocurrido aquella barbaridad? Bueno, estaba segura de que cuando se mudaron a la nueva casa, estaba habitada por un búho, pues lo escuchaba ulular por las noches, y había encontrado huellas que, comparadas con otras que vio en internet, sólo podían pertenecer a un búho.

Pero claro, verlo no lo había visto nunca. Desde hacía tres noches, intentaba quedarse despierta, dejaba la ventana abierta, y preparaba un cebo extraordinario de frutas y semillas para atraerlo.

Lo peor era que, al despertar, el búho se había comido casi todo el postre. Sus padres insistían en que sería cualquier otro animal, pero ese día, cuando se despertó (y tras maldecir haberse quedado dormida por segundo día consecutivo), corrió al plato y no sólo estaba a medio comer, sino que había caído una pluma. ¡Una pluma! Una pluma de búho real, seguro.

Por supuesto que la había llevado a clase, para acallar los rumores que decían -con razón-, que se lo había inventado todo. Pero claro, ahora ya querían ver al animal.

Se le había ocurrido llevar una foto de ella con el búho, pero su hermana se negó a hacerle el montaje.

– Tú te has metido ahí, y tú averiguas cómo salir, Paloma.

– Vale, no me ayudes. Pero deja de llamarme así.

Paloma. ¿Habrá animal más feo, sucio, pestilente y molesto? Pues así le habían puesto sus padres. Paloma. Por supuesto, se lo cambiaría en cuanto cumpliera los dieciocho. Ya sólo le faltaban 10 años.

Había barajado nombres, claro. Gaviota, golondrina… No le habían convencido. Por ahora, su favorito era Lechuza. Imaginaba una blanca, como la de Harry Potter. Había pedido a sus amigas que la llamaran Uza, y le gustaba el modo en que al decirlo, sus labios se cerraban como si fueran a ulular.

Pero su hermana seguía llamándola Paloma. De hecho, ahora le había dado por llamarla “Oma”, a modo de burla por su ocurrencia. Pero vamos, qué sabría ella. Sus padres le habían dado un nombre súper vulgar. Rosa. En serio eh. Rosa. No Azucena, ni Azahar, ni… yo que sé, Clavelina. Rosa. Puaj.

Un aleteo en la ventana la alertó. Apagó la linterna, para que el animal no se asustara y entrara en la habitación a por su ración de frutas. Lechuza se levantó la sábana de la cabeza para ver al animal que había entrado, pero en la nueva oscuridad, nada podía vislumbrar. A tientas, caminó hacia la ventana para cerrarla. Estaba segura que el búho estaría ya sobre le plato comiendo, y no podía dejar que se escapara.

Cerró la ventana despacio para no hacer ruido, pero no pudo evitar suspirar de alivio cuando la manilla encajó sin emitir sonido.

– Lechuza, ¿eres tú?

Se giró sobresaltada, buscando la silueta de alguien en la oscuridad. La voz no le había sonado familiar, y al recorrer la habitación con la vista, algo llamó su atención. Sobre el plato de frutas, la silueta de un búho parecía sobresalir. Encendió la linterna apuntando directamente hacia allí. El búho graznó y agitó las alas.

-¡Estás loca! Apaga esa luz, por las plumas del Dodo.

-¡Perdón, perdón! – Lechuza apuntó hacia el suelo, pero no la apagó y siguió mirando al ave sin creerse lo que veía – ¿Hablas?

-¿Que si hablo? ¿Pues no eres tú una lechuza, y estás hablando? ¿Por qué has cerrado la ventana, cómo vamos a salir ahora, uh?

-Eh… Bueno es que verás… Quería que tú… Necesito llevarte al colegio

– Pero vamos a ver Lechuza, ¿cómo vamos a ir al colegio? ¡Somos aves nocturnas! – y tras decir eso, giró la cabeza 180º y la agachó para seguir picoteando la fruta – ¿Has probado la sandía? Está de muerte. Toma, pica esto

“¿Que pique…?” y Lechuza se llevó las manos a la boca, solo que, de pronto, sus manos estaban recubiertas de plumas, y su boca, era ahora un pico. Intentó gritar, pero sólo pudo graznar.

-¡Soy una lechuza!

-Pues claro que eres una lechuza. ¿No vas a querer sandía? Tú misma uh, pero está buenísima.

-No yo… Yo no soy… Yo soy Paloma, soy una niña

El búho la miró con los ojos totalmente abiertos.

-Eres una lechuza, una paloma y una niña a la vez. ¿Y qué más? ¿Una gaviota? – su risa sonó alto, como una suerte de graznido profundo – Bueno, yo tengo que salir a ver si hay algún ratón despistado antes de que amanezca. Anda, abre la ventana

Lechuza miró la ventana y sus alas, sin saber cómo iba a hacerlo. Trató de elevarse y antes de darse cuenta, voleteaba al lado de la manilla.

-¡Estoy volando!

Búho se llevó el ala al rostro. “Debe haberme tocado la lechuza más tonta del bosque”, pensó. Voló hasta la ventana, y empujó con su cabeza hasta abrir la manilla.

-Venga, ¡vamos!

Y antes de que pudiera pensárselo, ambas aves volaban sobre la noche de la ciudad.

“Soy una lechuza, una de verdad…”

Debajo de ellos, el parque, el centro de salud con sus luces permanentemente encendidas, el gimnasio y el colegio.

“¡El colegio! Supongo que ya no tendré que pensar más en las mascota de ciencias. Ahora sólo tengo que controlar estas alas. Y cazar ratones. Puaj, ratones”.

-Oye, yo pensaba que los búhos comían fruta y semillas

-Claro, y ratones, ratas, conejos…

-¿Conejos? Pero ¡pobrecitos! Con lo suavitos que son…

-Uh-uh, sí que son suavitos. Y culebras, si eres rápido, claro.

-¿¿Culebras?? ¡No pienso comer culebras! ¡Ni conejos, ni mucho menos ratas! Ya no quiero ser una lechuza, quiero ser Paloma otra vez.

-¿Cómo…? Oye, ¿qué… qué te está pasando en las alas?

Paloma se miró las alas, que de pronto se hacían cada vez más y más pequeñas.

-Oh no, Búho, creo que…

De pronto su voz cambió. Ya no era más Lechuza, ahora era Paloma. Y las palomas no vuelan tan alto. Comenzó a caer, a pesar de que movía rápidamente las alas, no eran capaces de soportar su cuerpo aún de lechuza, y el suelo estaba cada vez más cerca.

-¡No no no no! ¡Quiero volver a casa, quiero volver a casa! ¡Búho, ayúdame!

Mientras caía, su cuerpo se giró mirando al cielo, y vio al búho que volaba rápido hacia ella, con las garras por delante para intentar sujetarla. Extendió las alas hacia él, pero ya no eran alas, sino que dos manos rosadas e implumes sujetaron el cuerpo del ave justo antes de caer.

Cuando abrió los ojos, la linterna seguía encendida, la ventana abierta, y la fruta a medio comer.

-¡Oma, vas a llegar tarde!

Se sentó rápidamente, sobresaltada, y se palpó el cuerpo. Ni un rasguño. ¿Se había quedado dormida? Imposible, había sido demasiado real. Se puso en pie y observó en el suelo de la habitación, una pluma marrón de búho real… y otra blanca, de lechuza.

#2. Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas

La Reina Úrsula llegó sujetándose el vestido con ambas manos, intentando no resbalar por las prisas. La humedad que desprendía su piel la acompañaba en un incesante chapoteo mientras se colocaba al lado de sus homólogas.

Maléfica giró la cabeza y le dedicó una sonrisa que esperaba ser anfitriona pero que resultó en una especie de regañina benevolente.

– ¿Llego tarde?

– Apenas. Ahí lo tenemos

Un bebé sonrosado, aún llorando por el esfuerzo del nacimiento, se agitaba en los brazos de su madre, que lo había traído al mundo sola bajo un puente.

Cruella arrugó la nariz ante aquella imagen.

-Vamos, no podía tener peor piel. Ni una cartera saldría de ese… bicho.

-Un respeto, Ella. Es nuestro profeta. Puede que no haya nacido rey, pero lo será. ¿Habéis traído los presentes?

-Sí… Pero… Reina Maléfica. Y si… ¿Y si no es él? – el nerviosismo de la Reina Cruella era evidente. Miraba con desdén al bebé que buscaba con desespero el pezón de su madre, la cual, primeriza, trataba de acomodarlo aún exhausta por el parto.

-No erramos, hermanas. La estrella de Occidente nos ha guiado hasta aquí. La profecía se ha cumplido. Un príncipe que vencerá el Bien de una vez por todas, y liberará el caos para que reine por todo el planeta – Maléfica no podía evitar emocionarse al repetir la profecía que tantas veces había recitado en su castillo.

Todo iba según lo planeado. Las tres Reinas Brujas, cielo, mar y tierra, traían sus presentes al mesías que les traería la redención y supondría la victoria de las fuerzas oscuras.

Úrsula tragó saliva con fuerza, y dejó caer los bajos de su vestido. De entre las capas que lo componían, sacó una bolsita pequeña, y mirando a las demás gobernantes, asintió:

-Es nuestro elegido. Y debemos llevarle los presentes.

Maléfica y Cruella asintieron, y las tres caminaron sobre el río seco que cruzaba el puente. La madre de la criatura dirigió una mirada sorprendida a las tres invitadas inesperadas.

-¿Quiénes sois?

Recorría con la mirada las vestimentas de cada una. Las pieles estampadas, los largos cuernos, la piel húmeda. ¿Quiénes eran aquellas mujeres que se acercaban a ella mientras alumbraba a su bebé? ¿Qué hacían ahí?

Las reinas se postraron ante el bebé para adorarlo, y abriendo sus manos, le ofrecieron regalos.

-Del Reino de los Mares, para que siempre halles el modo de condenar lo injusto y resuelvas aquello que te paralice, te traigo el canto de las sirenas.

Entre las manos de Úrsula, de una pequeña caracola, una voz melodiosa salió y entró por la boca aún sollozante del bebé, cuya voz al momento se volvió fuerte.

-Del Reino de la Tierra, para que tu piel se vuelva dura como el acero ante los golpes y suave como las rosas ante el afecto, te traigo la capa de la naturaleza.

Y Cruella colocó sobre el bebé una seda finísima, a la cual el recién nacido se agarró con fuerza.

-Del Reino de los Cielos, para que alces siempre tus ojos, tus palabras, tu barbilla y tus pies, te traigo el aire de los cuatro vientos.

Inclinándose sobre la madre, Maléfica sopló la cara de la criatura, que parpadeó ante el estímulo y calmó su llanto. Después, la Reina de los Cielos miró a la madre y le sonrió.

-Bienaventurada seas, pues has parido al profeta que esperábamos. El mesías que trae consigo el fin de todo equilibrio, y que llenará el mundo de pasiones y caos.

-Mi… ¿Mi hija?

Maléfica clavó los ojos en los de la mujer, como intentando desenredar las palabras que se le habían atascado. Giró rápidamente la vista hacia sus hermanas, que igual de sorprendidas que ella, se miraban la una a la otra. De repente, las tres se calmaron, como si hubieran acordado un consenso sin hablar, y miraron al bebé.

-Por supuesto que es una niña. Y será Reina de todos los seres, de todos los elementos.

-Sólo es una niña. ¡Si acaba de nacer! ¿Qué va a hacer ella con todo ese poder?

Las tres brujas intercambiaron una mirada de nuevo. La Reinas de los Mares, sacó de entre las numerosas capas de su vestido una caja, y dándosela a Maléfica, respondió:

-Puede que tenga razón. Pero crecerá, y la estaremos esperando.

-Hasta entonces… – Murmuró Cruella, colocándose al lado de la niña, y guardando dentro de la caja la seda. Igualmente, guardó Úrsula la caracola.

-Hasta entonces, te estaremos esperando… -y Maléfica besó al frente del bebé, y sopló de nuevo la esencia en la cajita, que cerró con premura- …Pandora.

#1. Inventa un cuento que suceda en las estrellas

Como cada tarde, escaló la duna más alta y se sentó a observar como el pequeño planeta azul giraba sobre sí mismo en su baile eterno con la luna.

De todos los cuerpos celestes, aquella pareja era su favorita, y por eso había tomado la férrea determinación de seguirlos en su rotación anual alrededor de la estrella en que habitaba. Sólo en dos ocasiones, sendas erupciones volcánicas le habían impedido disfrutar del espectáculo.

Detenida como estaba e inmersa en sus pensamientos, observó como un trozo del planeta azul salía disparado de su atmósfera, no hacia la luna como ya había sucedido alguna otra vez, sino hacia el planeta rojo, el más próximo a su órbita.

Aquello era sin duda una señal. La princesita se levantó, dejó atrás la rosa que solía proteger y siguiendo los pasos de su hermano, se lanzó a conocer a los habitantes de la tierra.

De cómo llegué hasta aquí

Mi profesor de Lengua Castellana y Literatura, en segundo de bachillerato, nos tuvo media clase tratando de reflexionar el origen de la palabra “texto”. Finalmente, nos desveló la auténtica raíz: tejer.

Muchos años después, utilizo dos herramientas para tejer: la aguja de crochet que encontré en una bolsa olvidada, y la pluma que él y otros tantos profesores me fueron enseñando a manejar.

Este blog es a partir de hoy testigo del origen (y tal vez, del final) de mi participación en el reto de escribir 52 relatos en el año 2021 que ha lanzado Literup.

Espero no se conviertan en testigos del estrepitoso fracaso sino de un apacible éxito que demuestre que para crear un nuevo hábito, no hacen falta 21 días sino 52 semanas.

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